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RELATOS Y OTROS CUENTOS…

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RELATOS PUBLICADOS:

Ya está a la venta el libro Relatos de los talleres de Escritura de Carmen y Gervasio Posadas del curso yoquieroescribir.com

http://www.bubok.es/libros/208871/Taller-de-Escritura-Creativa-Vol-31–Grupo-21062011-quotYoQuieroEscribircomquot

El libro recoge dos de mis relatos:

La cámara acorazada

La rata

 

 

 

Os dejo un breve relato de misterio que he escrito como ejercicio de Escuela de Crimen, impartido por la escritora nórdica Camilla Läckberg a través de la editorial Maeva. A ver que os parece…

PARTY MONSTERS

—Dicen que Alfie ha entrado en los treinta por la puerta grande, ¡fue la fiesta del siglo!

—Pero esa no fue en la que murió una chica…

—Sí, una amiga mía estuvo allí, Goya. Me contó que la policía le interrogó y todo. Que lo pasó fatal porque iba puesta hasta las cejas.

Así era, aquella noche me pasé de la raya, creo que perdí el control de nuevo. No recuerdo muy bien que pasó hasta que llegó la policía. Sé que nada más entrar, la primera persona con la que me topé fue con Nora, la novia del anfitrión. No me caían demasiado bien, solo acudí porque mi amigo Marlo insistió sin parar. Era eso o aguantarlo toda la noche lloriqueando a moco tendido, envuelto en su estola y gritando el nombre de Alfie. Decía que no podía ir solo. La verdad, no entendía qué veía en esa gente, parecen estar mirándose el ombligo continuamente.

Nora nos ignoró por completo, a pesar de conocer a Marlo perfectamente, él y su novio mantenían una estrecha amistad. Fingió no vernos y paró al camarero para dejar una copa y coger otra, siempre tenía una en la mano.

El jardín estaba realmente precioso con todas esas lucecitas tenues iluminando la cuidada vegetación, era una noche de San Juan agradable y, después de todo, había bebida gratis, así que me relajé y me fui al baño mientras Marlo buscaba a su amigo. Fue entonces cuando la vi. Lucía estaba en una esquina coqueteando con Alfie, seguía tan esbelta y grácil como siempre. Nuestra relación no terminó muy bien así que preferí posponer el encuentro hasta que hubiera templado los nervios. Me metí en el aseo y pinté una enorme raya de cocaína, como esas, debieron caer unas cuantas.

Abrí los ojos al escuchar un grito, me limpié el vómito seco de la cara y salí del aseo. No había nadie, estaba amaneciendo y la gente se había marchado, no sé en que momento perdí el conocimiento. Encontré a Marlo gritando y temblando: Goya, dónde estabas, la han matado, ¡Lucía está muerta!

Las sirenas aproximándose controlaron la fuga de nervios y tics de los pocos que ya quedábamos. Entraron como torbellinos y montaron un dispositivo alrededor del cadáver. Nos sentamos en silencio a esperar y un agente con cara de pocos amigos se me acercó. ¿Eres tú la dueña? No, señor, le contesté, balanceando mis pies de adelante atrás sin parar, registrando disimuladamente mis bolsillos por si llevaba algo de lo que deshacerme…

El policía no perdió el tiempo y acosó a Alfie a preguntas.

Vaaamos agente… ¿Criminari? Es así, ¿verdad?, bien, ¿¡cree que asesinaría en mi propia casa, el día de mi cumpleaños!? Le juro que yo no he sido, solo contraté a esa chica para que organizara el cotarro, nada más.

—El camarero que la encontró muerta y a medio vestir en la despensa dice que usted pasó la noche acosándola.

—Y va a creer a esos camareros expresidiarios antes que a mí…

—Venga ya querido, todos te han visto perseguirla. ¿No es así Marlo?, dijo Nora con su habitual resquemor en la voz, siempre amarga, mirando hacía otro lado cada vez que su novio se ligaba a unas y a otros… Fingiendo que no le importaba.

El pobre Marlo no sabía donde meterse, sufría de profundos ataques de nervios y neurosis por culpa de los traumas de su infancia. A penas comía porque se veía gordo y aquella situación le sobrepasaba de buena manera.

—Lo siento Alfie, yo también vi cómo te rechazó. ¿Qué pasó, te hirió el ego?

—Para tu información, no me rechazó, terminamos montándonoslo en la despensa. ¡Uups! Bueno, sí, pero les juro que yo no la maté, ni siquiera sé de qué murió. Llevamos aquí horas y aún no nos lo ha dicho.

El detective explicó que se trataba de una sobredosis de Ketamina, una droga letal que se usa en veterinaria para anestesiar caballos y con la que se está experimentando en laboratorios clandestinos. Junto al cadáver había una copa con pintalabios rojo y una especie de líquido derramado que perforó el suelo de madera, producido por una reacción química al mezclar la sustancia con alcohol. Algo le abrasó la garganta, el esófago y posiblemente el estómago, pero murió por falta de oxígeno. Tenía unas señales alrededor del cuello que indicaban un posible estrangulamiento.

—Tengo que reconocer, señor Alfie, que usted era mi sospechoso favorito. Pero me temo que he de descartarle y al resto de hombres también. El pintalabios rojo de la copa no era de la víctima, ella no llevaba maquillaje, pero sí quien le ofreció su copa envenenada. Además, las marcas de dedos que parecen haberla ayudado a morir, son pequeños para ser de hombre. Señorita Nora, ¿le importaría mostrarme el contenido de su bolso? Al vaciarlo, allí estaban, la papelina de Ketamina y un pintalabios rojo pasión.

—El pintalabios es mío, pero la droga no. El que la trajo adulterada y la mezcló fue Marlo, teníamos un plan y un acuerdo. Ya sufríamos bastante compartiendo a Alfie el uno con el otro, no estábamos dispuestos a  competir con nadie más, se la tiraba desde hacía semanas y por eso la contrató… A ese mamón le gusta ponernos a prueba.

NO ES UNA OD(I)A A MADRID


Madrid se viste estos días de chulos y chulapas que caminan por la plaza,

mareando al viento mantones y claveles rojos en las solapas.

Orgullosos de su casta, celebran con su gracia y habitual elegancia,

la belleza de una ciudad que te estampa su gris acero en la espalda.

Cada día que transito por la calle del Olvido me pregunto si es posible

tanta riña y tanta vida en la misma estampa.

Abrazo sus fachadas porque busco la nada, me pierdo entre sus estradas,

abatida, trasnochada. Espero encontrar el camino que me lleve a casa,

porque anhelo el olor a mar, aquí, desde la ciudad. Cambio de marcha

y no encuentro la palabra que me saque de la desterrada morada.

Cae el sol y una gata con tacones me espera para bebernos la noche,

ella que todo lo absorbe, me deshidrata, me atrapa y no me deja volar.

Espero a la inspiración vestida de blanco, tarda, pero siempre llega

y me rescata de esta triste balada. Afloran los oscuros pensamientos,

se abren vías de acceso a la locura desde el entendimiento. No te miento.

Da miedo, pero es lo que siento. Madrid me hechiza con su sucio aliento,

Escapo y vuelvo a sus garras como una adicta a su lastra.

¿Por qué no puedo tener un poco de mis dos amores en la misma cancha?

Luego despierto, en un mar de dudas que me sobrepasan. Me lavo la cara

y me atuso la falda. La miro desde la ventana, tan hermosa y tan tarada.

Salgo a su encuentro para pedirle una explicación, la busco entre latinas

y cañas. Pero me pierdo en arañadas barriadas encapotadas de azul.

Déjame huir, déjame escapar. Me froto los ojos y encuentro la senda

que enlaza con mi paciencia, la que me alienta.

UN RELATO LLAMADO NADIA

Como todos los días durante los últimos veinte años y a la misma hora, Nadia recorría el camino que va desde su casa hasta el aeropuerto. Vestida de negro de los pies a la cabeza, cubría sus manos con guantes y su cabello grisáceo con un pañuelo atado a la barbilla. Solo dejaba a la vista su rostro enrojecido por el sol. Caminaba por el borde de la carretera, absorta en la lejanía de su mente y ajena a las miradas curiosas de los conductores. Muchos la veían, día tras día, bajar y subir por aquel camino intransitable, frenando el paso a su vera para descubrir a aquel fantasma que siempre bordeaba las salineras como alma en pena. Pero Nadia nunca se detenía, cegada por el resplandor del agua y la sal en aquellos estanques, proseguía su camino.

Entraba sigilosamente en la terminal de llegadas y esperaba pacientemente el aterrizaje del vuelo procedente de Málaga. Examinaba las caras de los hombres una a una, anhelando ver a Rafael. Recogía su suspiro de resignación entre el pecho y el corazón y emprendía el regreso de camino a casa.

Al volver a su inerte jardín, vio un sobre que asomaba por el buzón oxidado. Se guardó los guantes en el bolsillo y  abrió la carta, sacó primero una nota que decía:

“Estimada señorita, le informamos de que hemos encontrado una carta dirigida a usted en nuestro almacén, disculpe el retraso en la entrega”.

Nadia sacó una carta del interior del sobre marrón y miró el remitente. Se apresuró a romper el envoltorio de papel y al reconocer la letra se lanzó a leer:

“Nadia, no puedo esperar hasta la semana que viene para reunirme contigo en la isla. Creo que mi mujer sospecha algo y no me quita el ojo de encima. Mi hermano me ha dejado el dinero del billete y el sábado, cuando ella se vaya al mercado, haré la maleta y saldré disparado hacia el aeropuerto. Espero que esta carta llegue a tu casa antes del fin de semana y me vengas a recoger, solo deseo verte al bajar del avión, esperándome, con tu vestido blanco y el pelo suelto como cada verano. Te quiero. Rafael”.

Después de recuperar el conocimiento, Nadia se levantó del suelo de piedra gris, entró en su casa y preparó una pequeña maleta con un par de mudas y algo del dinero que había heredado al morir su padre. Compró un billete de avión con la intención de averiguar que le pasó a aquel al que nunca pudo olvidar, temiéndose lo peor. Al llegar a la ciudad, cogió un taxi y le mostró al conductor la dirección del remitente.

Nadia llamó a la puerta y una joven muchacha apareció al otro lado. Con una sonrisa, la chica le recibió amablemente. Preguntó por Rafael y la niña sorprendida le respondió: “Era mi abuelo, murió hace veinte años, yo no lo conocí”. Nadia le preguntó a la niña si sabía cómo había fallecido. A lo que ella respondió: “Sólo sé que le encontraron muerto en su cama. No sé nada más”.

Nadia se despidió de la niña, había llegado la hora de dejar marchar a Rafael, fue al cementerio y buscó su tumba con lágrimas en los ojos. Cuando por fin la encontró, se arrodilló frente a ella y leyó la lápida, al ver la fecha de la muerte, sacó la carta de su bolso y revisó el matasellos. Al ver que había muerto el mismo día, rompió a llorar y así estuvo durante varias horas, hasta que se secó las lágrimas, se despidió de él y se marchó sin mirar atrás. Al aterrizar en la isla, saboreó el aroma de aquel lugar y miró a su alrededor con otros ojos, aquellos que ya no le veían en todas partes.

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PAGINA TRES, AGENCIA LITERARIA

SOBRE LA AUTORA

Soy escritora, periodista, apasionada de las letras y de la cultura. Este diario es una parte de mi trabajo, la que implica publicitar mi novela y darme a conocer como escritora y sobretodo como persona.

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